Silencio después del caos

Es la primera vez que me siento a escribir con esta sensación rara en el pecho: una mezcla de ahogo y nublina mental. No sé bien por qué me siento así, pero justo eso fue lo que me hizo sentarme frente a la hoja que llevaba semanas en blanco, esperando una inspiración que nunca llegó. Así que decidí forzarla un poco.

Entre mis eventos deportivos más recientes está el 5tuple Ironman. Lo típico sería hacer una reseña de la carrera, contar los días, las distancias, los gels, el dolor y el final. Pero no fue una carrera típica para mí. Y si lo intento contar como siempre, siento que la traiciono. Porque lo que viví ahí no fue solo una carrera, fue la salida de un túnel larguísimo en el que había estado metido sin darme cuenta.


1. El túnel

Hoy puedo confirmar que el 5tuple no fue solo una competencia. Fue como atravesar un túnel de vidrio muy largo al que entré el día que me enfrenté por primera vez a este formato de carrera… y del que salí apenas crucé la meta. Suena exagerado, lo sé. A mí también me cuesta creerlo. Pero entre más pasan los días, más noto la diferencia en mi estado mental y en cómo me percibo a mí mismo.

Y también veo que no es la primera vez que me pasa.

Creo que toda mi vida la he vivido atravesando este tipo de agujeros de gusano personales. Como la corriente en la que las tortugas viajan en Buscando a Nemo: por fuera todo se ve normal, te mezclas con el mundo, convives, trabajas, cumples. Pero por dentro estás montado en una cinta transportadora invisible, atrapado en un flujo que va directo a un solo lugar: corregir el error.

Hoy puedo mirar hacia atrás y ubicar con claridad cada vez que he caído en uno de esos portales de tiempo y espacio después de lo que, para mí, representa un enorme fracaso.

Cuando entro a uno de esos túneles, funciono hacia afuera: trabajo, hablo, convivo, hago chistes, juego el papel que tenga que jugar. Pero en el momento en que me quedo solo con mi mente, vuelvo a subirme a la corriente. Entro en un trance que no me permite distraerme del objetivo: corregir lo que hice mal.

No sé si atravesarlos ha sido bueno o malo. No tengo la distancia suficiente para juzgarlo. Pero puedo asegurar que gracias a esos túneles he logrado prácticamente todo lo que he logrado en la vida. No se alimentan de la vergüenza ni del miedo, estoy seguro. Se alimentan de algo más profundo: una especie de zumbido interno que no se apaga, un ruido en la cabeza que no respeta horarios. Da igual qué esté haciendo, siempre hay pensamientos intrusivos que me regresan al mismo punto: recordar el fracaso.

Y hasta que no siento que lo corregí, no salgo.


2. Los hitos

La universidad: el primer túnel

Creo que el primer túnel fuerte comenzó cuando fallé en la universidad y tuve que volver a empezar. Ahí entendí la lógica de estas corrientes internas: vivir hacia afuera en automático, mientras por dentro una parte de mí se obsesiona con una sola idea.

Ese túnel me llevó a seguir estudiando varios años más. No fue nada heroico: fue una persecución conmigo mismo. Un día, sin fecha exacta, esa persecución terminó. Me sentí en paz, como si al fin hubiera corregido el error. Era libre: de mí y de mis propios pensamientos.

O al menos eso creí.

El deporte: del juego al estilo de vida

Cuando mi hambre académica se calmó, ya estaba metido en el deporte. Al principio no era un estilo de vida, pero empezó a tomar prioridad. Nunca fui bueno, nunca estuve ni cerca de ganar nada, pero algo empezó a engancharme.

Los pequeños fracasos deportivos se transformaron en retos inofensivos de superar. Microgolpes al ego con pequeñas dosis de dopamina y endorfinas como recompensa. Pasaron años, quizá una década, hasta que descubrí el triatlón. Y ahí todo cambió.

De ser un ñoño ingeniero de fábrica programando robots encerrado en cuartos, pasé a emprendedor en el mundo del deporte y deportista amateur. El sueño cliché: vivir de lo que te gusta, y que lo que te gusta sea parte de tu trabajo.

En esa etapa no me preocupaba mucho ganar ni mis tiempos. El objetivo era terminar. Porque en mi cabeza terminar era seguro: solo había que seguir avanzando, sin importar qué pasara.
Hasta que no fue suficiente.

Hasta que no terminé.

Hasta que no se trató solamente de voluntad.

Ahí escuché un nuevo crujido por dentro. Otro fracaso. Y con él, un nuevo túnel.

El primer Ultraman: fracaso, persecución y obsesión

Mi primer Ultraman lo viví como un fracaso brutal. A diferencia de todo lo que había hecho antes, esta vez lo tomé en serio. Entrené, me cuidé, me asesoré, me alimenté, hice todo lo que en ese momento yo creía que tenía que hacer para lograr el reto.

Y fallé.

Para mi mente, fallar es fallar. Da igual el contexto, las excusas o las explicaciones. Recuerdo la sensación en la boca del estómago: impotencia, enojo, un hueco pesado. Por fuera me consolaban. Por dentro, yo ya no estaba ahí. Ya había entrado en el túnel, y la única salida estaba al cruzar esa meta… algún día.

Ese túnel duró un año. La inexperiencia, la necedad y el ego hicieron que fuera un año muy largo y muy pesado.

Intenté meterme a otro ultra a los pocos meses; no podía permitirme esperar un año para volver a intentarlo. Después me rompí el codo, y gracias a eso, me vi obligado a calmarme y enfocarme de verdad. Volví. Lo logré. Y como en el túnel anterior, salí disparado: siete años seguidos haciendo un ultra tras otro y diciendo que sí a cuanta locura deportiva se me cruzaba enfrente.

Otra vez, un día la burbuja se rompió. Vi la salida del túnel. No sabía que había estado ahí, pero al sentirme satisfecho con lo alcanzado, dejé de necesitarlo.

Estaba en paz.
¿O no?

De un túnel a otro sin darme cuenta

Hoy creo que sí estuve en paz… pero pasé de un túnel a otro sin notar el cambio.

El Decaironman fue uno de los primeros retos que conocí, casi al mismo tiempo que el Ultraman. Pero al principio lo veía como algo inalcanzable. Lograr un Ultraman una vez era la cima emocional que yo quería vivir, y en mi mente con eso bastaba.

No sabía que me iba a enganchar así. No sabía que, sin querer, ese tipo de retos se volverían mi estilo de vida, mi lema y mi camino hacia metas que ni soñaba, pero que poco a poco se fueron sintiendo reales y alcanzables.

Suena lineal, como si hubiera sido un proceso limpio, un paso a la vez. En la realidad fue todo menos fácil. Mientras me aferraba al deporte, también construía un negocio, crecía la familia, aumentaban las responsabilidades… y los fracasos dejaron de ser solo deportivos. Empezaron a salir por todos lados.

Seguía en ese túnel, y con cada fracaso, más me aferraba a encontrar la salida, aunque fuera de emergencia. Pero no funciona así. No hay salidas falsas. No puedes comprar tiempo extra.

El 5tuple como mitad del camino hacia el deca

El Deca seguía lejos, pero se presentó la oportunidad de completar la mitad: el 5tuple. Algo dentro de mí me dijo que no estaba listo… pero que esta vez iba a lograrlo. No era una corazonada romántica, era una necesidad rara: quería hacerlo, lo necesitaba, y sabía que tenía que prepararme de verdad.

Cuerpo, mente y eso que se activa cuando los dos fallan.

El resultado ya lo conocen. El “cómo” lo viví está en un podcast. Pero el “cómo me siento hoy” es lo que no vi venir. Y lo que me cuesta trabajo explicar.


3. La salida

Hoy no siento que haya túnel. Al menos, eso creo. No oigo ruido, no siento una persecución interna, no hay zumbido de fracaso pegado al cerebro. Todo lo contrario: por primera vez en mucho tiempo siento que estuve tan enfocado en un objetivo, que hoy tengo paz de “no deberme”.

Los retos siguen ahí. El Deca lo veo alcanzable, pero no tengo prisa por ponerle fecha ni tengo necesidad de demostrarme nada ni a mí ni a nadie. Pensé que estaba cayendo en una espiral nihilista, que todo me daría igual, pero no. No va por ahí.

No es que nada me importe. Es que hoy me siento más consciente y realista de mi lugar en el universo, en el tiempo y en el simple hecho de estar vivo.

Durante años sentí que el tiempo se me acababa para vivir experiencias únicas. Y mientras vivía esas experiencias, muchas veces olvidé cómo vivir todo lo demás: cómo ser humano, cómo conectar con la vida que pasa alrededor. Me llené de medallas y papeles que validan esfuerzos que nadie más puede sentir desde adentro, pero que de alguna manera transmiten algo, inspiran a que otros quieran replicarlos.

Hoy ya no siento prisa. Al contrario.

Hoy sé que, cuando estoy en ese túnel, nadie lo nota. Nadie ve lo que pasa en tu mente, cómo te hablas, los mil escenarios imaginarios de fracaso que se repiten una y otra vez. Esos que ya no puedes decidir ignorar, porque si de verdad quieres lograr algo en la realidad, tienes que haberlo logrado antes mil veces en tu cabeza. Y entre más bonitos sean esos escenarios mentales, más dura suele ser la realidad.

Hoy me siento tranquilo. Satisfecho de haber llegado hasta aquí, haya sido como haya sido.

¿Qué sigue?

Lo que tenga que seguir.
Quizá aprender a vivir sin túneles fantasma.
O, al menos, a reconocerlos a tiempo cuando aparezcan.

Mike
Vida Vltra

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